Sobre Virginia Woolf

Colecciono caracoles. Es una obsesión elegida. Desde chica noté el afán de muchos coleccionistas y sentía cierta envidia por la manera en la que atesoraban diversas formas de un mismo objeto, animal o cosa, dándoles grandes atributos y significados. Muchos coleccionan elefantes, gatos, cajas de música o tarjetas postales. Pero yo no encontré algo que apelara a mí de manera auténtica hasta que leí The Mark on the Wall, La marca en la pared, de Virginia Woolf, donde la narradora nos lleva a través de sus pensamientos mientras contempla frente a ella una misteriosa marca en la pared que resulta ser, nos enteramos al final del cuento, un caracol. El caracol se vuelve, en la obra de Virginia Woolf, el símbolo del paso del tiempo, el reloj con el que los personajes marcan el ritmo de sus pensamientos y una especie de hilo de Ariadna que nos ata al mundo material y del cual podemos tirar para salir de vez en cuando del laberinto de la mente. Y desde entonces tengo caracoles aquí y allá en mi casa, para ayudarme a detener mis pensamientos de vez en cuando gracias a su materialidad, a su naturaleza lenta y simple que ayuda a entender y recordar la forma en que funciona nuestra mente: “con qué rapidez”, dice Virginia, “nuestros pensamientos se mueven alrededor de un objeto, lo levantan y lo llevan a cuestas por un tramo como una hormiga levanta una ramita con gran vehemencia, y después la deja…”

Se dice que uno nunca olvida el primer texto que lee de un autor y este breve cuento fue lo primero que leí de la Woolf, un texto corto y sencillo, reciente, considerando su trayectoria, que encierra para mí toda su obra. Pienso que Virginia me enseñó a pensar, a seguir el flujo de conciencia sin avergonzarme de mis pensamientos por desordenados que parecieran, me enseñó a escribir también, a darme todas las libertades que quiera al hacerlo, a apreciar cada digresión y aferrarme a la forma para darle un sentido y un lugar en el texto. Es un juego de hilar cuentitas, la narrativa de Virginia, un juego de unir los puntos hasta formar una estructura perfecta. Y no es poca cosa esto de aprender a pensar, en un mundo que cada vez parece más perezoso en lo que respecta a lo intelectual y al pensamiento, en un panorama político donde la verdad es constantemente negada, asesinada, aplastada.

Cada vez que vuelvo al cuento La marca en la pared y a la obra de Virginia en general descubro y redescubro su actualidad, lo mucho que me acompaña en la vida cotidiana. Pienso en ella cuando viajo en metro, en la línea 7, la más alejada de la superficie, sus palabras resuenan en mi mente diciendo, “¿Por qué si uno debe comparar la vida con algo uno tiene que asemejarla a ser arrojada en el metro a cincuenta millas por hora, y llegar al otro lado de súbito, despeinado, tirado a los pies de Dios, totalmente desnudo?”

Los argumentos y explicaciones de Woolf me acompañan también y me defienden cuando justifico mi necesidad de un espacio privado donde escribir y componer, aunque sea minúsculo, y he pensado que es el libro que necesitan algunas de mis amigas que no comprenden por qué, aunque vivo feliz con mi pareja, insisto en tener un cuarto propio donde pueda aislarme de todos para poder continuar con mi labor, para dar rienda suelta a mi flujo de conciencia, que es de donde surgen los textos y las composiciones, las ideas que no comparto con nadie hasta que están plasmadas intencionalmente en el ámbito del arte. Recientemente, estando fuera de mi país, volví a leer Three guineas, Tres guineas, un ensayo anti-fascista, dirigido a Hitler en ese entonces, pero que bien pudiera haber sido escrito para Trump y sus secuaces hoy en día; reafirmé la actualidad de las ideas de Woolf respecto a la condición de las mujeres frente al gobierno, me sentí acompañada en la forma en que reniega de todo nacionalismo, pues si se es mujer, ¿qué ha hecho realmente una nación por nosotras para protegernos y darnos condiciones dignas? Virginia concluye que prefiere ser considerada ciudadana del mundo. Unos días después de reflexionar sobre este texto pensé que no es precisamente el más popular de sus libros y que sería bueno promoverlo y releerlo en la actualidad; cual fuera mi sorpresa cuando al asistir en Nueva York a la huelga internacional de las mujeres, descubrí entre la multitud un cartel con una cita directa del texto: “Por gran parte de la historia, anónimo fue una mujer”. Me sentí una vez más acompañada por la Woolf pero también por colegas lectoras, con las mismas obsesiones y preocupaciones que yo, respecto a la mujer y la guerra, la migración y el dinero, la propiedad privada y los derechos civiles. Como para sentirme aun más acompañada aquel día de la protesta en Washington Square, cuando menos lo esperaba, una chica levantó justo frente a mí otro letrero de su propia autoría que decía “Orgullosa de ser inmigrante y mujer.”

También encuentro a Virginia en lugares tal vez más triviales, en los souvenirs de librerías: una Virginia de papel que mira su reloj con atención. Pienso a veces que si ella viviera en la actualidad con su posición económica bastante acomodada, tal vez hubiera gustado de un moderno reloj para medir con precisión los segundos y al mismo tiempo dejarse arrastrar por sus divagaciones navegando en Google o en Facebook; sospecho que habría sido una famosa Twittera, incontenible, inconforme, una activista de blog incitando a la crítica siempre, a la discusión, pues a pesar de su condición de privilegio, era conciente y sabía exponer y denunciar las debilidades del sistema y de ella misma.

La Señora Dalloway es prueba de esta autocrítica, de esta conciencia de un amplio panorama social que en unas mismas cuadras encerraba a todo tipo de personajes con preocupaciones profundas y banales, con los horrores de la guerra en la mente o las nimiedades de la aristocracia de Londres. Confieso que me causa profunda tristeza leer Mrs Dalloway, porque siento y presiento en el personaje Septimus el final trágico de Virginia, quien no fue a la guerra ni padecía shock postraumático, pero fue incapaz de sobrevivir al descontrol de sus pensamientos y decidió finalmente que la muerte era su única opción. Algunos dicen ahora que padecía trastorno bipolar o un tipo de esquizofrenia. Un profesor de letras inglesas, Colin White, nos decía que él pensaba también que Woolf creía que Hitler ganaría la guerra y esto contribuyó a hundirla en la desesperanza.

Me entristece a veces también darme cuenta de que Woolf, como muchos clásicos, es más famosa por su suicidio que por sus libros, muchos han escuchado hablar de que estaba loca, de que se ahogó en un río llenándose antes de piedras los bolsillos; algunos han visto quizás a Nicole Kidman representándola en la película Las horas, una reescritura de Mrs. Dalloway. Pero pocos han leído con atención su obra, infinita, revitalizante, actual. Les deseo a todos conocer ese gusto, ir a su encuentro en sus cuentos, novelas, diarios, resucitar a Woolf con el acto de leerla, ya que cuando uno la lee, aprende la belleza de las digresiones del pensamiento, aprende incluso a no avergonzarse de ellas, a seguirlas cautelosamente como se sigue a un caracol en la pared.

 

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