El desfile circular

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Introducción: La permanencia de lo insignificante

En Toys and Reasons, Erik H. Erikson señala que a lo largo de todas las épocas, los adultos han juzgado el juego como algo que no es serio ni útil y, por lo tanto, no está relacionado con el centro de las tareas y motivaciones humanas: “Tal división hace la vida más simple y permite a los adultos rechazar la sugerencia a menudo impresionante de que el juego (y, por lo tanto, el azar indeterminado) puede ocurrir en el centro vital de las preocupaciones adultas, tal como ocurre en el centro de las preocupaciones de la niñez.” Ésta puede ser una explicación a la ausencia casi total de estudios serios dedicados al asunto nada serio de la diversión, el juego y el entretenimiento en la era moderna. Pocos son los eruditos que se arriesgan a hablar de un tema tan irregular y sorpresivo, a pesar de estar relacionado con conceptos tan importantes para la comprensión de nuestra era como el tiempo libre y el turismo. En cambio, cientos de revistas así como programas de televisión, están dedicados a un sinnúmero de pasatiempos y formas de diversión, regodeándose en sus pormenores, alentando a sus lectores o a sus televidentes a experimentar sensaciones nuevas y continuar con su particular elección de esparcimiento. Dichas publicaciones y programas por lo general ahondan poco en el por qué la gente busca un cierto tipo de recreación y no otro. La esencia misma de la diversión hace que el tratar de discernir y proponer una explicación, motivación o razón específica para ella sea tarea de un aguafiestas.

La historia del juego es, por lo tanto, difícil de rastrear. Y sin embargo, como afirma Roger Caillois, los juegos nos proveen de una prueba de la constancia de la naturaleza humana, ya que su persistencia es en verdad notable: “Imperios e instituciones pueden desaparecer, pero los juegos sobreviven con sus mismas reglas y a veces incluso su misma parafernalia. La razón principal es que no son importantes y poseen la permanencia de lo insignificante.”

El juego está inmerso en nuestra cultura y forma parte esencial de ella, pero como el bufón de palacio, nunca es tomado en serio y, a pesar de su evidente presencia y participación constante, puede pasar desapercibido. La manera en la que nos aproximamos al juego, ya sea por el placer de la contemplación o para formar parte activa de él, le concede y nos concede una especie de anonimato momentáneo, una libertad poco común y un lugar apartado de las normas cotidianas. El juego es una ocasión para meras pérdidas, dice Caillois, “pérdida de tiempo, de energía, de ingenio, de habilidad y a menudo de dinero”: una actividad inútil, improductiva en sí misma, lo cual hace que comparta su esencia con el arte. El juego es un acto de libre albedrío, pues no se puede obligar a nadie a jugar, pero una vez que se accede a ser partícipe del juego, se deben respetar reglas establecidas que nada tienen que ver con las convenciones sociales ni las normas de la vida diaria; de hecho, a veces son directamente opuestas a estas reglas de “la vida real”.

Callois se aventura incluso a decir que, así como el juego es una expresión de los patrones y funciones de la cultura, también los juegos pueden propiciar un tipo de sociedad. Si vamos todavía más lejos, podemos suponer que una sociedad que careciera de juegos, no sería sociedad, y una que pretendiera prohibirlos, se colapsaría. Son, por lo tanto, mucho más importantes de lo que normalmente pensamos. Quizás el motivo por el cual no parecemos concientes de su profunda relevancia es precisamente porque suceden en un espacio y tiempo aislados, protegidos de la problemática cotidiana; desde ahí pueden velar por nuestra salud mental y mantener nuestro equilibrio con su absoluta falta de seriedad.

Entre las metáforas favoritas del siglo XX que intentan expresar lo que la vida asemeja, tres de ellas hacen referencia a los juegos mecánicos, proveedores de una forma de diversión moderna particularmente prolífica, en constante renovación y a la vez en existencia desde tiempos remotos. La vida es una montaña rusa, decimos para referirnos a la sucesión de eventos inesperados, a los sobresaltos que todos enfrentamos sin preparación alguna, a la velocidad del mundo moderno; se lo he escuchado decir a muchos especialmente cuando grandes cambios están a punto de ocurrir, como si se encontraran en la punta de la montaña más alta, a sólo unos segundos del primer eufórico descenso. La vida es una rueda de la fortuna, dice la gente para referirse a la suerte y al azar que a veces nos llevan a la cima del éxito para codearnos con los triunfadores y otras veces nos llevan lo más bajo posible, junto a los desdichados; pero nunca es definitivo, la rueda de la fortuna puede volver a girar, cambiando el destino de nuestros anhelos y nuestro lugar en el mundo. La vida es un carrusel, se escucha en canciones de todos los géneros, para sugerir que a lo largo de la vida damos vueltas en un mismo lugar alrededor de ciertas cosas, personas, eventos importantes, en un viaje en círculos que no sabemos dónde acabará; el principio y el final se pierden, pero todo se trata de sostenerse con fuerza y disfrutar del viaje.

Al igual que la vida, el amor es comparado con estos tres juegos mecánicos. El amor es un carrusel: con sus giros constantes, nos aísla del mundo y nos permite estar a solas con quien cabalga a nuestro lado, mientras una música suave y alegre se escucha alrededor, como creando un mundo aparte para los enamorados. El amor es una rueda de la fortuna, pues nos lleva a las nubes para contemplar un horizonte inmenso, una vista antes oculta a nuestros ojos, pero puede también devolvernos caprichosamente al suelo, descorazonados. La montaña rusa se usará siempre para referirse al amor apasionado, fuera de nuestro control, desmedido, que puede llevarnos a toda velocidad por inclinadas pendientes que incluso nos aterran.

En Homo ludens, Johan Huizinga afirma que todo juego, en su función libre y llena de sentido, es la representación de algo. Siguiendo esta afirmación, no es difícil descubrir que los juegos mecánicos son siempre la representación de un viaje: nos apartan de la vida cotidiana para trasladarnos en diversas formas dentro de un espacio y tiempo delimitados y destinados a tal actividad; sus subidas y bajadas cambian nuestra visión de la realidad, debemos asimilar sus giros, arriesgarnos por su entrada y su salida para tener una nueva experiencia, una nueva hazaña que contar antes de volver a casa. En inglés los juegos mecánicos son llamados rides, lo cual nos dice claramente que uno debe montar esta máquina y llevar a cabo cierto trayecto, cierta jornada a bordo de ella. Y la vida es un viaje, al igual que el amor, según las metáforas más antiguas de la humanidad.

 

Una reseña de El desfile circular, por Liliana Pedroza.

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